
El capitalismo contemporáneo que vivimos en la sociedad de hoy en día se define por un nuevo diagrama de explotación y de dominio que coloca en el centro de las relaciones productivas una nueva redefinición de la relación entre capital y trabajo, una nueva redefinición de las formas de trabajar y de vivir.
La vida ya no es lo que queda fuera del trabajo asalariado. Las capacidades afectivas, las capacidades lingüísticas, las necesidades básicas, los saberes y los gustos, el cuerpo y las sexualidades se han convertido hoy en matriz productiva. La vida que sobrevive a la servidumbre es un paisaje en riesgo, una potencia sometida al chantaje de la precarización de la existencia con sus entramados de poder correspondientes. Pero aún así, la vida es también un campo de batalla, de conflicto, de invención.
La precarización de la existencia, implica que habitemos en una realidad hecha trizas, donde ya no es suficiente con criticar la vida cotidiana, sino enfrentarse a la precariedad de la vida. La fragmentación, el aislamiento y la soledad, el individualismo salvaje, el circuito que integra sin descanso la producción, la reproducción y el consumo, la imposición del heterosexismo y del machismo como únicas normas válidas para desarrollar las relaciones afectivas y sexuales, el endurecimiento de las fronteras tanto internas como externas que hacen que los migrantes no solo tienen que cruzar fronteras fisicas cada vez mas militarizadas sino tambien una serie de obstaculos legales (estatus de sin papeles, es decir sin derechos) impuestos por politicas europeas de inmigracion, el imperio de la paranoia securitaria y las nuevas formas de control que deshacen el vínculo social y se enfrentan directamente a la posibilidad de una lógica del cuidado, la extirpación de una vida dispuesta para el capital y confundida con la realidad, son datos de los que hoy, inevitablemente, partimos y atraviesan toda nuestra existencia.